Creo que desde que el ocio se hizo parte de
la existencia humana y nos ha dado tiempo para pensar y pensar y pensar… muchas
han sido las preguntas que se nos han pasado por la mente. No obstante, la más
reiterativa de todas es, sin duda, cuál es el sentido de la vida.
Todas las generaciones han cavilado al respecto y la diversidad de las respuestas es realmente impresionante. Así pues, entre las más populares se cuentan: el autoconocimiento, la evolución, Dios, y el amor, por nombrar unas cuantas. El caso es que, según como yo lo veo, la vida no tiene un sentido específico y como todo lo relacionado con la raza humana, su razón de ser tiene más que ver con lo que queramos hacer de ella.
En pocas palabras, el sentido de la vida es …el que te apetezca que sea. Si es la religión, vale; si es por el contrario la pareja, también vale. Y es que, ¿en qué parte dice que debe ser de una manera o de otra?
Por ejemplo, para mí el sentido de la vida es simplemente vivir para no arrepentirse. Eso conlleva, evidentemente, arriesgarse a un sinfin de experiencias, de las que, muchas veces sales como soldado herido de guerra, renqueado o dolorido, pero tan ennoblecido que eres capaz de comprenderlo casi todo.
Según mi percepción de las cosas, el sentido de la vida es hacerse sabio. Tomar de cada sensación, situación, trabajo, viaje, relación, persona, animal, amanecer, sentimiento, enfermedad, tropiezo, problema y hasta golpe de suerte, su esencia, la médula que te hace entender –casi siempre, mucho tiempo después- que esa vivencia o suceso tuvo un porqué que te ayudó a aprender algo que, quizás de otra manera jamás hubieras podido aprehender.
Desde el año pasado vengo reparando muy concienzudamente en esto… ¿le he dado un verdadero sentido a mi vida? A veces creo que no he hecho más que dejar que una serie absurda de tropiezos guíen mi transitar. Sin embargo, cuando reparo bien en cada uno de ellos me doy cuenta de que a un ritmo desacelerado, y a ratos hasta sin proponérmelo, he llegado hasta donde he soñado.
También he visto con sorpresa que conforme avanzo sigo soñando y yendo impenitentemente en pos de ellos. Y no soy la única. Eso hace que me pregunte… ¿será que el sentido de la vida cambia conforme cambiamos nosotros? O más bien… ¿será que en lugar de cambiar, simplemente evoluciona?
Pienso que esto tendría más lógica. Así pues, lo que para mi abuela era el sentido de su vida, a decir: el esposo, los hijos, la familia; para mi –y para unas tantas otras mujeres de estos tiempos- sería más un complemento de un gran todo. Llegado a este punto opino que más que un quién, debe ser un qué el que de sentido a nuestras vidas…, y un qué no externo, sino más bien interno.
¿Qué puede o debe ser ese qué? (jejejejeje medio cantinflesca la cosa, no?) Pues… “entre pitos y colores…” como dicen los viejos de mi casa. Creo que a cada cual le viene al dedo su “qué”, pues para que este sazone como debe nuestro transitar por el mundo debe ser todo un traje de diseñador, es decir cocido sobre nuestro cuerpo; hecho a la medida nuestras apetencias, sueños e ilusiones.
Así pues, cada cierto tiempo mi vida cambia de sentido y eso en lugar de desestabilizarme hace que me fortalezca pues no significa que sea inconstante o voluble, sino que sigo viva y en constante evolución… obviedad que debo tener más presente cada vez que me señalo tan duramente como cuando empecé este artículo.
Desde que estoy en la magia he aprendido ciertas cosas. Algunas las intuía, otras simplemente las sumé a mi baúl de conocimientos importantes. Sin embargo, debo confesar que lo que más me ha sorprendido de todo mi aprendizaje (porque he de aclarar que la verdadera magia es largo camino lleno de experiencias y estudio) es lo importante que es el sexo para alguien que practique este antiguo arte.
En la brujería hay mucho cuento y bastante mito. Pero como jamás me he hecho eco de este tipo de cosas, solo pienso compartir aquí parte de mi investigación y algo de mi experiencia.
Una de las más importantes brujas que conozco suele aconsejar a las hermanas de su coven que se “eleven”, para que sus hechizos y/o poderes se fortalezcan, y aunque al principio no entendía por qué o cómo el sexo favorecía tal cosa, leyendo mucho lo descubrí.
Durante el acto sexual se produce un encuentro de energías que llegan a su máxima expresión cuando se logra el orgasmo, lo que, en términos mágicos, no es más que una muy deliciosa manera de crear un cono de energía. Sí, ya sé lo que deben estar pensando: “¿y para qué sirve ese cono?”… pues nada más y nada menos que para obtener poder.
Existe un libro, nada mágico por cierto, pero si muy educativo, del escritor venezolano Rubén Monasterios que se titula “El Beso”, en este libro el autor cuenta que en China –no aclara si es la actual- lo hombres aguantaban estoicos la explosión que le sobreviene al orgasmo solo para guardar el semen, pues, según ellos, el entregar esta emanación significa ceder el poder personal a otro. Pero más allá de recibir esta sagrada emisión de vida, el acto de generación y fusión de energía que se desarrolla durante el sexo es tan fuerte que se le compara con la que se desatada durante los huracanes. No en vano, hasta existen hechizos que la emplean para sus fines. Evidentemente, esto último es parte del “sumario mágico” y por lo tanto no hablaré de ello.
El punto es que cuando tenemos sexo, los brujos –bueno, todos en general- activamos el chacra sexual o Swadisthana (que significa "la morada de la fuerza vital o "morada del ser") que está conectado con el dios Júpiter (Zeus) y sus bondades: los viajes, la suerte, la abundancia y la prosperidad. No obstante, también el accionar este chacra se abre la posibilidad de proyectar pensamientos creativos lo cual es fundamental en la magia pues es esto lo que permite expandir el plano psíquico normal y conectarnos con la divinidad.
Particularmente, creo que los orgasmo –los buenos, claro está- son la prueba de que Dios, la Diosa o los dioses (como prefieras llamarle) nos han hecho a su imagen y semejanza y dado como obsequio parte de su poder. Pero para arribar a esta certeza hay que desprenderse del mero y primario goce genital para abandonarse al éxtasis que proviene del placer de compartirse verdaderamente.
Como todo, decirlo e incluso escribirlo es fácil, lo complicado es hacerlo. El brujo o bruja que aspire a conocer el poder del sexo debe estar en contacto con sus sentimientos y emociones, y con esta conciencia como escudo sublimarlo y convertirlo en arte, poesía, música, arrobamiento, devoción, adoración y entrega, pues su fin último como herramienta mágica es la consecusión de una experiencia incomunicable, de un éxtasis tan místico como terrenal, que nos trasporta a una dimensión de vida totalmente desconocida para el común de las personas.
En síntesis, el poder mágico del sexo radica esencialmente en la posibilidad que éste ofrece para conectarnos de manera consciente con nuestro Dios o Diosa interno. Sin embargo, requiere de práctica, y con esto no estoy hablando de mera gimnasia sexual, sino autoconocimiento mental, emocional y espiritual.
No obstante, también hay otros puntos importantes a tomar en cuenta, como es el con quién se comparte esta experiencia. Sin ánimos de parecer mojigata, ni llamar a la fidelidad (en la que por cierto creo) pienso que es muy importante tener una conexión real con la contraparte, aunque esta no sea nuestra pareja. Y es que si de reconectar nuestra divinidad, elevarnos o activar la prosperidad se trata, cualquiera no nos sirve, pues el tema no es usar otro cuerpo para desbloquear energía retenida y ya. No. El otro debe estar en nuestra misma sintonía para poder entrar en comunión con lo divino.
Se que dejo muchos espacio vacíos en este texto, todos ellos adrede. En todo caso, mi intención no es hacerme la interesante o misteriosa; es recordarles a quien lo han olvidado que el sexo es parte de nuestra esencia divina y que su disfrute verdadero radica en aproximarse a él de esa manera… sea o no que en se busque placer o algo de magia en el poder de su éxtasis.
A Merlín “el perrito de mis ojos”
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas? (...)
-No –dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
-Es algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Significa “crear lazos”…
-¿Crear lazos?
-Claro -dijo el zorro-. Para mí, tú no eres todavía más que un niño parecido a cien mil niños.
Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas.
Para ti no soy más que un zorro parecido a cien mil zorros.
Pero si me domesticas, nos necesitaremos el uno al otro.
Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…
"El Principito" Antoine de Saint-Exupéry
Estoy tratando de darle un vuelco a las ideas, o más bien a los miedos que se agolpan en mi cabeza, y en medio de esta auto tortura he reparado sobre el significado de esa manida frase que muchos hemos dicho alguna vez: el amor de mi vida.
Recuerdo haber leído hace mucho tiempo un
artículo al respecto con el que estuve de acuerdo. En él, la autora decía que no
había tal entelequia. Que había “amor” y había “vida”, pero que nadie era
merecedor de tan alta distinción por bueno que fuera. Y es que llevar sobre su
espalda la responsabilidad de ser el “amor de la vida” de otro se me antoja que
debe ser bien complicado, por no decir que pesado.
Pónganse a ver o más bien a pensar. ¿Cuáles se
supone que deben ser las cualidades de candidato (a) a titularse como “un amor de la vida”? No quiero ni
imaginarlas, porque es evidente que dichas cualidades diferirán de una persona
a otra.
Así pues, el
amor de nuestra vida es un flaco-gordito, esbelto-panzoncito de una alegre sonrisa
seria, con dos pies izquierdos que lo hacen, seguramente, el más habilidoso
bailarín. Probablemente también tenga una aguda voz grave que acompañará a un
dulce carácter agrio. Ante tal desfile de tan
diversas monerías, quién no caería rendido?
Bien, dejando la ironía de lado, el punto es
que hasta hace un día atrás comulgaba con eso de que no existe tal como el amor de la vida. Hoy, para mí, el amor de la vida es algo más profundo y a la vez más simple
que un amor de paso.
El amor de la vida debería ser todo aquello que
sirviera simplemente de catalizador para atarnos con fuerza a ella. Así pues, el amor de la vida podría llegar a ser,
desde un buen libro, pasando por un beso y terminando en una mascota. Siendo así, el amor
de la vida podría durar un periodo de tiempo que fluctuara desde cortos
meses, hasta la infinitud de un minuto.
¿Y es que dónde dice que las mejores cosas son las que duran para
siempre? ¿Acaso la vida no es finita? Pues bien, entonces eso quiere decir que
todo lo que hay o lo que experimentamos en ella, también lo es.
Hace poco conocí por centésima vez al amor de
mi vida. El amor de mi vida era un Schnauzer miniatura al que nombré Merlín.
Luego de terminar con el episodio madrileño, me lo topé recostadito dentro de
una jaula (a la que sobraban barrotes y le faltaba perro) en una tienda de
mascota. Fue amor a primera vista y por ello lo compré sin reparar en cosas como
enfermedades, problemas ocasionales e inconvenientes con los que me vine a topar
después.
El caso fue que, Merlín se transformó en el
perrito más consentido, admirado, piropeado y popular de la comarca. Desde
policías hasta carniceros le hacían carantoñas, le regalaban bendiciones y
lisonjeaban sin reparo. Mis amigos, extrañamente, empezaron a llamarme con más
frecuencia y hasta a querer venir a visitarme sin excusa. Curiosamente, me volví más
atractiva y hasta más popular desde que ese saco de pelos y pulgas -que era la versión perruna del Gatito con Botas de Shrek- había
llegado a mi casa.
Todas las mañanas del mundo (un mundo que duró
apenas un mes) había una graciosa carita peluda que se asomaba al filo de mi
cama para recordarme que no puse el despertador y que ya era hora de comenzar
el día. Más de una vez, le regañé y le obligué a volver a su “camita”, al menos
por 5 minutos más. Fue así como Merlín, se convirtió en mi compañero de las
pelis de los domingos; y de las lavadas de ropa los sábados por la tarde.
Juntos fuimos a la peluquería a que me hicieran los pies; a tomarnos un café
con los amigos y a almorzar mexicano con los chicos del trabajo. Y por si
faltara poco, hasta mis clientes preguntaban por él.
Pero Merlín vino enfermo, muy enfermito. Y con
tres meses le tocó luchar con una bronquitis (tos de perrera en lenguaje
canino) y un feroz ataque de babesia (algo así como leucemia)
Los doctores estaban sorprendido de la fuerza del perrito y de sus ganas
de vivir, pero este viernes las cosas empeoraron y aunque el sábado hizo un
amago de recuperación, este domingo en la madrugada se fue a cazar con Diana,
al cielo de los perritos.
Hoy, durante todo el día he escuchado palabras
de consuelo que van desde, no tengas más perros, hasta era lo mejor para él.
Quizás la única que realmente me llegó fue la de bruja gatuna que me dijo que
al igual que escogemos a ciertas personas para aprender algo o experimentar
algo nuevo; los animalitos también nos escogen. Ellos escogen un dueño que les
dé lo que necesitan recibir, y en este caso fue, además, una selección mutua.
Yo escogí a Merlín para volcar el amor residual que generó la tristeza que me
hincó el diente en Madrid, y él me escogió a mí porque necesitaba alguien que
lo amase lo suficiente como para luchar por él.
En medio de su convalecencia le prometí un
centenar de cosas: iríamos a Irlanda a que el pudiera mear y caquear (hacer
caca, pupú, etc.) todo ese verdor mítico; lo inscribiría en una escuela muy
buena de perritos que lo enseñara a afinar su puntería para hacer pupú en el
papel (desde que llegó sabía hacer pipi en su papel) y hasta le conseguiría papá. El viernes
bailamos “Crazy” y el sábado hasta me ladró y todo, y le prometí un buena tunda
por alzarme la voz!!!!!
Todas fueron promesas que no podré cumplir… Ya
no está mi mago peludo. Ahora siento un
vacío tremendo que va más allá de su cojín rojo al lado de mi cama. Siento que
un gran partner se me fue… Pero dentro de esta tristeza hay un profundo
agradecimiento. El agradecimiento que se le tiene al amor de la vida.
A este gran amor de un mes, le agradezco el
devolverme a la vida; el reconectarme con el mundo y la bondad; el devolverme
la belleza de las cosas imperceptibles y sencillas; el regalarme la ternura de
la naturaleza y, lo más importante, el saber que cuando abres el corazón y te
atreves a amar, nunca volverás a cerrarlo por muy dura que haya sido contigo la
vida.
Nunca he sido de las que usan un clavo para
sacar otro. Primero porque me parece atroz e ilógica la frase y segundo, porque
sencillamente, un clavo no saca a otro clavo… ¡¡¡¡por Dios Santo!!!! Por el
contrario, lo único que hace eso es abrir un tremenda tronera en la pared!!!!
Así pues, esta pared o mejor dicho corazón, guardará
su puesto a Merlín, y tal vez, en un tiempo, no muy lejano, se atreva a darle
la bienvenida a otro amor de la vida
que como Merlín pueda ser tan querido, mimado, consentido y popular como su ama
quiere que sea.
Lo que quiere oír una mano
Esta aventura que empezó
con tu mirada
casi me cuesta el corazón
me rompió el alma
“Esta Aventura”
Emmanuel
Mis pasos empezaron a hacerse más cortos, más espaciados, y es que la intranquilidad que me invadía en casa, al fin, había desaparecido. Los atormentantes sonidos de mis pensamientos agolpados y queriendo desparramarse por mi boca habían sido remplazados por el dulce y fresco murmullo del agua desbordándose en la fuente, el divertido rezongar de los patos muertos del frío y el paso del viento entre las ramas. Todo ese compendio sonoro era una orquestación perfecta para apaciguar la abrazadora desesperanza que no hacía más que hincarme el diente.
En medio de tanta sensación de
placidez, me sentí a salvo… Así que respiré… Sí, respiré tan profundamente como
mis constipados pulmones me dejaron, mientras caminaba en automático sin rumbo
definido, hasta que los agudos graznidos de “hey, chica”, me sacaron del
trance.
“Hey, chica, chica…” me gritaba
una voz de acento indescifrable que salía de una suerte de tumulto de un rosa descolorido.
Miré a mi alrededor y no había nadie más
que yo. Bajé la cabeza para tratar de distinguir quien me llamaba. “Sí, es
contigo… Sé a qué has venido. Ven, qué te digo la suerte”.
Aún hoy, no sé como yo, “caranoica”
confesa (mezcla de caraqueña y paranoica),
atendí sin tomar previsiones a ese extraño llamado. Mis pies se movían en
dirección aquel bulto indescifrable, a lo lejos. Ya de cerca, me hallé frente a
una mujer de unos 60 y muchos, con un acento extraño que me preguntó qué método
de adivinación prefería…
Por un instante dudé, luego, sin
entenderlo, pregunté el precio: “10 por la mano, 20 lectura de tarot corta y
específica y 30 la larga o completa”, respondió. “Entonces léeme la mano”,
contesté. “Si me das 15, también te leo las cartas”, replicó.
Me senté en un murito y en silencio
me saqué el guante y estiré mi mano. Una brisa helada barrió el lugar, mientras
ella leía con detenimiento las líneas marcadas de mi mano… “Acá dice que tendrás una vida larga e intensa.
También dice que esperas la llamada de un hombre, y quiero decirte que él
llamará”.
Recuerdo que dijo mucho. Algunas
cosas tenían sentido, otras tan solo eran cosas que necesitaba mi mano
escuchar. Hoy no puedo repetir nada de
lo que aquella extraña mujer vio en el futuro que se asomaba por mi palma. Lo
que si me parece todavía escuchar, en ese castellano atropellado y gutural, es
que sería feliz muy a pesar de que la desesperanza me estuviera asfixiando en
ese momento.
También me acuerdo que en algún
momento lloré desconsolada, tal vez no tanto como en aquella amarga primera
decepción amorosa en Ausburg, sobre las piernas de una moja alemana, pero si
con la misma congoja de la inocencia burlada.
“No llores. No te equivocaste” –afirmó, con una certeza que despertó mi
curiosidad y calmó mi llanto. “Tú escogiste bien. El es un hombre bueno, pero
equivocado” –sentenció. No dije nada.
Ella sacó sin ver de su raído abrigo una ficha plástica como de un juego de
scrable, la puso en mi mano y me preguntó que letra era, y yo le respondí que
ninguna que era un número, el 7. Ella se sonrió y dijo: “¿Ves? Tuviste suerte y
no lo sabes, y tendrás más y no quieres verlo”.
Sostuve la ficha entre mis dedos
y luego automáticamente la guardé. Luego me levanté. Le di las gracias y
emprendí el camino de retorno a casa. Pero no había dado 4 pasos cuando, sentí
que me gritaban: “y no lo dudes, él llamará”.
Montada en el metro repetía en mi
cabeza la sucedido, veía mi mano y me reía de lo absolutamente transparente que
se puede ser o mejor dicho que soy. Soy tan transparente que incluso mi mano me
delata y hace ver a otros lo que tanto necesita escuchar.
…
Al leer esto, muchos se preguntarán… “pero al final, ¿el fulano llamó?” Pues sí… la mujer no se equivocó, llamó. Llamó a despedirse, a desearme buen viaje y agradecerme el haberle permitido conocerme… ¿Conocerme? ¡Vaya eufemismo! Pero en fin… ese es otro tema. El caso es que la mujer la pegó. En lo otro que acertó es en lo de que él es un hombre bueno, algo de lo que tengo certeza, aunque las circunstancias digan lo contrario.
Lo que aún está por verse es algo
que recién recordé hoy. “...Y volverás a Madrid, porque eres creativa y acá hay
mucho para ti. Volverás y antes de lo que piensas”.
Eso está por verse… pero quién
sabe, a lo mejor, es así y Madrid tiene más para mi que crónicas tristes como esta con la que se cierra un capítulo que se inició con un cuento
escrito a 4 manos y terminó con un corazón remendado y una mano que predijo lo
que quería oír.
Puedes contar conmigo
A veces no tener la intensión no es excusa suficiente...
aun así puedes contar conmigo...
pa' ti esta canción que es mi mejor Crónica de Madrid
Cuentos que surgieron a partir de una tristeza (Parte II)
La leyenda del candado mágico
Se dice que de un reino muy, pero que muy lejano llegó a las manos de una humilde cuidadora de tulipanes un candado mágico. Este candado mágico era una suerte de poderoso precinto de seguridad de una anodina cajita en la que se hallaba escondido un poderoso secreto.
La humilde mujer nunca supo por
qué había llegado a sus manos tal exquisito regalo. “¿Se habrán equivocado?” se
preguntaba cada mañana al verlo donde lo tenía puesto: el lugar de honor de su
casa, encima de la chimenea, al lado de sus queridos y pocos libros.
Solo la
sabía joya
que no
logra brillar
podrá
con éxito
los
corazones liberar
Un día mientras alimentaba con tiento a sus tulipanes, pensó en la frase y se dio cuenta que había, efectivamente, una joya que no brilla: la Perla. “Esa es la palabra!” –se dijo. Esa tarde se le había hecho infinita. Ella ansiaba llegar a su casa para intentar abrir el candado y hacerse de ese secreto que seguramente algo bueno le traería.
Contenta por haber hallado la combinación, la mujer inició una vez más el ritual que desde hacía más de 4 meses había iniciado. Miró la caja por un buen rato y luego giró lentamente las 5 arandelas para, al fin, abrir la caja. Un sonoro clic saltó del candado, y con él una advertencia:un corazón por cada desengaño…
La mayor de las riquezas tendrás
si solo lo bueno de lo malo puedes sacar
La frase le resonó. Cuántas veces había pensado en ello. Sacar lo bueno de lo malo, parece fácil, cuando es terriblemente difícil.
Con cuidado haló el pistillo y el candado dejó caer la cadena a sus pies… Al abrir la caja encontró en ella una gran cantidad de corazones pequeños rodeando un gran corazón. Con una emoción que desconocía, se reconoció en cada uno de esos corazones y sin contarlos, sabía cuántos había: 37 pequeños y uno grande. Total: 38.
“Sacar lo bueno de lo malo, es la mayor de mis riquezas” -se dijo, y tal como lo pidió el candado, tomó de la caja solo lo bueno -el corazón grande, el n° 38-, tras el cual descubrió tiempo después, que estaba escrito la bendición de un gran amor…
Y tal como apareció se esfumó aquella misteriosa caja y su candado; quizás para devolver a su dueño original –que dicen que era un afanoso constructor de puentes, que había enviado la caja por equivocación-, esos 37 corazones con los que, la ahora sabia mujer, había dejado atrás todo lo malo.
Cuentos que surgieron a partir de una tristeza
La leyenda de los 58 besos del cisne negro
Se dice que en los confines de El Retiro hubo una vez una princesa triste que vivía en hermoso Palacio de Cristal. Luces y sombras hacían un festín entre las traslucidas paredes de este hogar en el que había sido confinada por sus padres como castigo por su rebeldía.
También se cuenta que en esas paredes de cristal la princesa se sentía más segura que nunca. Podía verlo y saberlo todo. Pero aún así la imposibilidad de salir y de palpar todo cuando observaba la entristecía enormemente. A ello se aunaba que, desde hacía mucho tiempo -el mismo de su encierro- no había tenido contacto con otro ser humano. El hermoso castillo de cristal estaba perdido en el bosque, y nadie solía visitarlo. Hay quien dice que todo siguió su curso hasta que un joven cazador -que perdido en el bosque se topó con ella y el castillo- le prometió liberarla de su presidio. El cazador cegado por la belleza que despedía la imagen de la princesa vista desde las transparencias del cristal, hizo las mil y una peripecias para liberarla, hasta que lo consiguió. Un poderoso mago le regaló al cazador 58 besos mágicos dentro de una bolsa de terciopelo que al ponerla a la puerta del castillo lograría dejarla salir. Pero fuera del castillo de cristal, la princesa era una mujer más y su belleza era tan natural como la de las otras mujeres del pueblo de cazador. Desilusionado por haber hecho tanto esfuerzo por tanto solo una mujer más, el cazador sostuvo la mano de la princesa por un instante mientras salía del castillo, puso en sus manos la bolsa con los besos, y prometiendo volver se fue.
Dice la leyenda que la princesa sabía que no volvería, por lo que tras su partida, en lugar de volver al castillo, se sentó en las escalas del estanque frente al castillo, abrió la bolsa para descubrir con tristeza que los 58 besos se habían transformado en 58 pequeñas piedras.
Nadie supo más de aquella princesa, pero cuentan que si consigues una bolsa con 58 piedritas, es porque la princesa te ha dado la oportunidad de verla como realmente es: un hermoso cisne negro con el corazón de una mujer.
Así que si consigues estas 58 piedras y las viertes una a una en ese estanque frente al Palacio de Cristal, estas dejaran de ser piedras para convertirse en los besos necesarios para hacer esta leyenda realidad.
Ojalá
para ti...
El Aprendizaje de Galatea
Creemos que lo sabemos todo. Miles de libros leídos, experiencias vividas, la edad, los cursos, las discusiones de media noche con los amigos nos pudieran indicar que algún conocimiento tenemos… pero la verdad es que no sabemos nada y que la vida es capaz de sorprendernos sin remordimientos. Madrid me lo confirmó.
“Esto no me vuelve a pasar”; “ya aprendí la lección” son frases inequívocas de pasados los 30, pero resulta que como canta ese filosofo español de origen gallego llamado Julio Iglesias, uno suele tropezarse de nuevo con la misma piedra.
Hace un tiempo alguien me reclamó que mi blog era muy impersonal y que no contaba mucho de mí. Difiero de eso. Todo cuanto escribo dice de mí. Pero esta vez voy a seguir esa recomendación.
Así que sigo con lo de arriba.
Hace unos 4 o 6 meses conocí a alguien… un tipo que de entrada me llamó la atención por ser interesante e inteligente, además de guapo, claro. El caso es que durante todo este tiempo él ha fungido de maestro para mí sin saberlo. Con él -o gracias a él- he aprendido (o mejor dicho reaprendido) cosas como confiar, soñar, contar y hasta sobre finanzas. El me despertó nuevamente las ganas escribir. Estuvimos escribiendo, a 4 manos, un cuento titulado “El príncipe sin sonrisa” y a él, un poco le debo este blog y algunas de sus imágenes.
El, mi maestro… no dice lo severo que es a primera vista. Es probable que su verbo deje traslucir cierta rigidez, pero su sonrisa lo tapa todo. Nunca antes conocí una sonrisa con tal poder para embelesar. Tal vez fue eso lo que impidió que me diera cuenta que mi relación con él tenía todos los indicios de terminar siendo lo que es -o más bien lo que fue: un doloroso aprendizaje.
Empezamos estableciendo reglas con respecto a la relación. La primera fue disfrutar todo, a esa le siguió –al menos de mi lado- el ser absolutamente honestos y la última llegar hasta donde hubiese que llegar sin poner límites.
Con esas bases como acuerdo, nos metimos en un juego ingenuo de seducción y compañerismo delicioso que llenó mi vida de aire fresco y que le dio un toque diferente a la de él. Durante meses desperté cada mañana con un beso en mi ordenador y me sentí bien acompañada. El existía, aunque no estuviera, porque su presencia era sumamente real aunque no fuese física.
Lamentablemente, en esta fase de la relación nos diferenciábamos. Yo no existí nunca para él… por lo que prefirió convertirme en una imagen hecha de la ilusión fabricada por sus rígidas expectativas. No sé bien cómo sucedió eso, pero el caso fue que mi maestro resultó ser un ilusionista que, como Pigmalión, me convirtió en su Galatea personal.
Pero desgraciadamente para él, yo no soy esa mujer perfecta, hecha a la imagen y semejanza de sus expectativas. Yo soy una mujer viva e imperfecta a la que no le interesó conocer. He aquí que el ilusionista se asustó de lo real y a diferencia de Pigmalión que «se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del sol y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo…», mi maestro no sintió ese gozo mezclado de temor que experimentó el personaje mitológico, muy por el contrario, al ver que al fin podía tocar a su “estatua” y palpar su cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos, , sintió repulsión y no me perdonó el haberme transformado en una realidad diferente a la creada por él.
Sentada acá tratando de ver cómo va a terminar esto, y frente a una espectacular vista de la Gran Vía, me pregunto qué fue lo que hice; qué cosa le dio pie para que lanzara sobre mí su primera cincelada… Yo simplemente me presenté ante él desnuda, sin poses, sin telones o abismos… pero todo esto me ha hecho entender que vivimos inmersos en el juego de las percepciones y de la expectativas, y que es el otro el que hace que tu existas o dejes de existir.
“Si con un querer te quiero, con el otro te estoy inventando”, concluye bien Andrés Eloy Blanco en su poema Pleito de Amar y Querer. Y es que armamos en nuestras mentes todo un boceto, o más bien paisaje completo de lo que es el otro. Lo que no sabemos es que cuando vemos al otro –o creemos que lo hacemos- realmente nos estamos viendo a nosotros mismos. Suena loco verdad? Pero es así.
Los seres humanos somos profundamente complicados y, andando el tiempo he visto que, además, somos egocéntricos. Nos gusta en otros lo que amamos en nosotros mismos y rechazamos en nuestros semejantes lo que no soportamos en nosotros. Es un juego frenético y medio enfermizo frente al espejo, en el que tal como Narciso caemos hechizados por nuestro propio reflejo, para más tarde, y luego de pasado el efecto, reclamar al otro su engaño.
Ahora bien… engañamos, nos dejamos engañar o simplemente vemos lo que queremos ver. Yo diría –sobre todo luego de lo vivido- que un poco de todo lo anterior junto. Pero es que analizando el asunto… son muy pocos los que se venden desde la “antiventa”… Acá en Madrid, por ejemplo, encontré un cartel en una tienda que decía “No entre. Vendemos muy caro” y de inmediato me pregunté a cuántos la advertencia les llamó la atención y a cuántos espantó.
En todo caso se trata un poco de eso, engañar y dejar que nos engañen, so pena de las consecuencias. Las relaciones son todo un riesgo, y por más habilidoso que pensemos que seamos, siempre hay un detalle que se nos escapa, ya sea por inexperiencia o ya porque hay lecciones que no terminamos de aprender del todo nunca.
Toda esta experiencia entraña un gran contenido filosófico del que puedo seguir elucubrando por días, sin embargo, lo principal que saqué de ella es el saberme viva, real, auténtica y el estar absolutamente segura de que valgo y soy, no porque otro me endilgue un valor o me inunde de cualidades.
Es evidente que aún me duele que mi maestro no me haya apreciado por todo cuanto soy –ego maldito, ego- que no me haya visto o peor, que no haya querido verme. Me entristece perder mis mañanas llenas de besos tiernos y mandar al bote de la basura el cargamento de capacidad para la sorpresa, improvisación e ilusión que me hizo meter en la maleta de mi vida. Pero de eso también va la enseñanza que ese maestro le ha dejado a esta Galatea.
Gracias Emanuel... hay una belleza impresionante en tus palabras. read more
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